Bicefalea

Jose Ramón Brox López
Universidad de Málaga

 

Bicefalea

Se querían como sólo pueden quererse dos desconocidos. Sus caminos se cruzaron en un viaje en el que ella le salvó la vida a él y él le cambió la vida a ella. Al mes comenzaron a vivir juntos y, sorprendentemente, la convivencia resultó ordenada y compenetrada como la estructura de un cristal. Lo que no le gustaba a él, no le gustaba a ella; lo que ella no habría podido soportar, él jamás llegó a sugerirlo. A los dos meses se casaron. Como con el cristal mejor formado, la pureza de su relación producía una transparencia total, y como sus átomos, no podrían haber estado más fuertemente unidos. ¿O sí que podían? A los tres meses decidieron dar el paso final y se sometieron a una versión romántica de la más ilógica de las operaciones concebidas por el hombre: el transplante de cerebros. Los hemisferios de ambos fueron unidos como una rosa de cuatro pétalos y el bicerebro fue implantado en uno cualquiera de los dos cuerpos, porque no importaban el sexo ni el aspecto externo, no importaba desecar y vender por partes el otro recipiente físico en canje por la complicada cirugía… importaba estar tan cerca el uno del otro como para ser una sola persona. A la semana salieron del coma y volvieron a casa. Ella sentía su intimidad invadida; él no se encontraba a gusto en un cuerpo que no era el suyo. Sabían que el amor se impondría.
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Notaban barreras constantemente levantadas en la mente del otro. Les irritaban las rutinas aceptadas con resignación, pero con desagrado. La contrariedad, fácilmente enmascarada cuando eran dos, era imposible de ocultar a ojos de alguien que no se podía distinguir del propio yo. Las sonrisas fingidas, agradecidas por separado, eran imperdonables en conjunto. Las constantes cefaleas no ayudaban a disminuir la tensión. Esa mañana, los hemisferios de él se rebelaron: ¿y por qué iba a tener que cerrar la pasta de dientes en cada ocasión? Los pensamientos de ella se volvieron amargos y cruzaron la línea de la intolerancia. Él vomitó una andanada de furia irracional. Se odiaban como sólo puede odiarse uno mismo. La mente de ella hizo una pausa, y manifestó con frialdad extrema: ‘Quiero el divorcio’.

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