OBRAS y AUTORES PREMIADOS en la IV Edición de COMBOCARTE

Año 2010

ANIMACIÓN

1º Premio
El sueño del relojero de Ricardo Blanco Maldonado

2º Premio
Creatures of the circumstances de Carlos Daniel Delgado García

3º Premio
Instrucciones para subir una escalera de Miguel A. Postigo

BLOG

1º Premio
Una vez soñé que…
de Carlos Daniel Delgado García

2º Premio
CaraDura de Vanessa Montera Gabarrón

3º Premio
Not Oceanic 815 de María Paula González

FOTOGRAFÍA

1º Premio
La búsqueda
de Helena Suárez Palacios

2º Premio
Pesca conmigo de Jorge Palanca

3º Premio
Estructuras de luz de Cristina Monereo Atienza

 

MÚSICA

1º Premio
En cada esquina de Aaron Mora Lechuga

2º Premio
Kion Zindagi de Juan Martín García Burgueño

3º Premio
The forbidden lake de Cámdido Martín González

TEXTO

1º Premio
El fondo de la taza de Rosa Lozano Durán

Aquel hombre vio algo cuando se asomó a mi taza. Lo supe por su repentina lividez, por las perlas de sudor que le cubrieron la frente, por el gesto contenido y el levísimo temblor de sus labios. Lo que decían los posos de mi té no se refería a nada corriente ni a ninguna clase de bienaventuranza; nada que ver con hermosos niños rubios sangre de mi sangre ni con largos viajes por lugares exóticos con románticos finales felices. Fuese lo que fuese, se trataba de una abominación.

Le había visto pasar de mesa en mesa durante toda la noche, repartiendo adivinaciones con una sonrisa condescendiente, apretando después la moneda pago de las buenas nuevas en su mano rechoncha. Escrutaba el fondo de la taza despacio, con fingida dedicación, para hablar luego de nuevos trabajos y amores y ciudades lejanas que esperan con los brazos abiertos y curaciones y regresos de gente querida. Todo el mundo necesita creer en algo; aquellas personas guardarían sus palabras y, con ellas, se enfrentarían al mundo al día siguiente con algo más de esperanza. Era una bonita forma de ganarse la vida.

Pero algo falló conmigo. Ni un sonido salía de sus labios, perdidos en un continuo estremecimiento, y sus ojos desorbitados no parecían verme. Un escalofrío me recorrió la espalda, para ir a anidar en mi estómago. El adivino parecía estar a punto de desvanecerse. ¿Qué era aquello tan terrible que escondía mi futuro? Sentí cómo la incertidumbre me mordía las entrañas, y me alegré profundamente de estar solo sentado a aquella mesa, sin testigos.

Mi gente cercana; mi futuro laboral; mi futuro, a secas; todos cruzaron mi mente en el mismo instante. Aquella predicción terrible no debía, no podía salir a la luz y echarlo todo a perder, todo por lo que llevaba una vida entera sacrificándome. Tenía que eliminarla, que hacer que nunca existiese. Asegurarme de que nadie pronunciaría esas palabras en voz alta, jamás.

Esperé en la acera de enfrente, apoyado en la pared; no fue demasiado tiempo. Él salió apenas hubo cerrado el restaurante. Era de baja estatura y regordete, y avanzaba dando tumbos, quizá aún presa de aquel pánico provocado por los posos de mi té; no fue difícil agarrarlo por detrás, inmovilizarlo, apretar su garganta hasta que dejó de hacer esfuerzos por zafarse. Lo dejé allí mismo, tumbado en la calle, mirando al cielo su rostro inundado de paz por haberse liberado, al fin, de la carga de aquel horrible secreto.

2º Premio
Universos infinitamente tiernos de Rafael Palomo Hevilla

Eres un recuerdo
Recordado,
De esos que no se olvidan.
De los que supuran sonrisas y miel con arañas.
Has clavado tus uñas de humo y carmín
En alguno de mis precipicios.
(Ni el más gigante de los abrazos puede disuadirte).

Te tiendo una mano,
¿Quieres subir?
Me arañas el brazo
Y la marca es labio;
Y el labio es recuerdo
Y el recuerdo huele a pino
Y a colonia
Y a mierda de perro.

(No) me preocupan
Tus ojos; no dejan
De centellear miradas.
Ni siquiera verte,
Apenas oírte; todo
Es uña y piel y humo,
Esparcidos por mi salón,
Esperando a ser recogidos
Por un suspiro de miradas grises
Y una sonrisa de niño
Que juega -con fuego-
A recordar
Besos de universos
Infinitamente tiernos.

3º Premio
Siete vidas de Lorena Jiménez Bao

Creyó ser uno de esos gatos poseedor de la destreza, sutileza y exposición al peligro que los caracteriza. Todos somos un poco gatos, gatos tontos que se creen tener la virtud más admirada de ellos: las siete vidas. Cuando descubrimos que tenemos una, nos erizamos sacando las uñas intentando estirar nuestra única vida como un chicle masticado. Los felinos son sumamente listos, es verdad que la curiosidad les mata pero… tienen un límite de siete veces para jugarse la vida.

El ser humano es tremendamente curioso, y como el más “listo” de los felinos, camina sigiloso hacia aquello que le llama la atención, hacia esos muros que muchas casas bajas tienen con cristales inteligentemente situados. Adelanta una patita, la coloca entre un cristal y otro y así va avanzando. Si su deseo es llegar al final para descubrir lo que hay más allá… “¡miau!”, saltamos hacia el suelo evitando que la anciana dueña de la casa, nos de un escobazo gritando aquello de “¡zape!, ¡zape!” y corremos cojeando como si nunca hubiésemos querido acercarnos. Cargando con nuestra herida que ahora, sangra con su cristal clavado. Entonces, como felinos, entendemos que debemos conformarnos con lo que vemos, y no preguntarnos qué hay más allá de lo visible. Pero como humanos, olvidamos que si hay cosas que no sabemos, es porque no debemos intentar descubrirlas.

Probablemente volvamos a aquel muro, nos lastimemos las cuatro patas, y cuando caigamos al suelo, recordemos que tenemos dos. Ambas con sus pequeñas o grandes heridas, pero en definitiva, heridas. Nos lameremos y miraremos atrás… Ariadna miraba hacia adelante, se lamía y como si no hubiese pasado nada, seguía paseando por las calles, respetando el límite de los muros existentes, la falta de visibilidad de aquello que despierta nuestra curiosidad. “¡Qué inteligente gatita!”, ¡qué afortunada!, tan sólo hay que mirar sus suaves patitas libres de rasguños”, decían los chismosos gatos del barrio que acallaban ante su penetrante mirada como si el mensaje oculto les hubiese llegado… Ariadna nada proclamaba, no tenía necesidad. “Qué gatos tan idiotas, cómo van a entender mi actitud, si ni siquiera se imaginan que ésa… era mi última vida”.

VÍDEO

1º Premio
Ello de Paloma Garglia Díaz

Premio
Fugit de Francisco Martín González

3º Premio
Metamorfosis de Rocío Velázquez Márquez