OBRAS y AUTORES PREMIADOS en la I Edición de COMBOCARTE

Año 2007

ILUSTRACIÓN Y ANIMACIÓN EN FLASH

1º Premio
La entrañable historia del bebé volátil de Mercedes Pino López

2º Premio
Más vale maña que fuerza de Adrián Hurtado Cabrera

BLOG Y WEB

1º Premio
Trataba de conquistar una idea de Carolina Luzón Toro

2º Premio
Chocolatina St. de Carlos Sánchez García

FOTOGRAFÍA

1º Premio
Beadesea de Beatriz Ros González

2º Premio
Talaa Kebira el día del aïd de Laurence Brassamin


MÚSICA

1º Premio
Be careful de Javier Carrillo Milla

2º Premio
A paso de tortuga
de Joaquín CanoReina

TEXTO

1º Premio
El don de Francisco José Borrego bajo

“El don morirá con nosotras”, se acostumbró a repetir mi abuela con amargura y resentimiento. Mi madre la miraba de reojo y respiraba profundamente –siempre respiraba hondo cuando, sin hablar, quería mostrar su desagrado–. De más sabía que el reproche de mi abuela iba dirigido contra ella. El don se transmite de madre a hija, y yo fui niño. Tuve una hermana, pero sólo vivió dos días. Nunca lloró ni tomó el pecho, pero nació y tuvo un ataúd pequeño y blanco, un entierro y una lápida con su nombre, por eso es mi hermana muerta y no sólo un aborto del que uno se olvida. Yo soy varón. El don en mí es una herencia dilapidada, apenas un reflejo desvaído.
Por contentar a mi abuela, en mi infancia hice gala ante ella de mis escasas dotes. Recuerdo un día en el que dije: “Esta tarde vendrá el tío Andrés a visitarnos”. La abuela Clara sonrió tiernamente. ¿Qué culpa tenía yo de haber nacido niño? “Es cierto”, contestó complacida tras otear un instante el futuro. “¿Y qué regalo te trae?”. Trataba así de acrecentar mi capacidad mermada. Yo siempre me desesperaba ante preguntas como esa, porque nunca percibí nada que quisiera ver. Las imágenes o la conciencia de lo que ha de venir llegan a mí sin pedir permiso, como un telegrama venturoso o terrible al que no se puede interrogar. Asomado a mi pozo seco busqué una respuesta y, como siempre, antes de que la angustia me arrojase en él, la abuela me rescató: “Está bien, dejemos que sea una sorpresa”.
A medida que fui creciendo, el mundo se amplió, y dejé de sentirme culpable. Pude ver que fuera de las paredes familiares mi mediocridad era lo normal, aún más, mi don difuminado era una pequeña ventaja sobre la mayoría y, en ocasiones, me guió dejándome ver retazos del futuro. Gracias a él, aprobé algún examen mal preparado, pude abandonar a tiempo un negocio con un amigo falso y, el último domingo de una primavera, me dispuse a leer un libro que finalmente no leí. Esto último sucedió en una época en la que se entabló una relación curiosa, incluso mágica, entre mi vida y mis lecturas. En mi familia tenemos una tendencia enfermiza a buscar lo sobrenatural en lo que se sale de lo cotidiano, incluso en lo más ordinario. Así fue como, en el día de año nuevo de mil novecientos ochenta y cuatro, revolviendo en la biblioteca de mi padre, hallé el 1984 de Orwell y, claro está, juzgué que era el momento más apropiado para leerlo. No mucho después, llegó a mis manos La regenta, y hube de viajar inesperadamente a Oviedo. Apenas terminé Cuentos de La Alhambra, conocí a la mujer que ha llenado mi tiempo de vida durante estos años: una granadina de tez morena, una princesa árabe de Irving. Sé que cuanto digo puede ser un cúmulo de coincidencias, de lazos forzados por mi imaginación, pero cuando el don es escaso no permite distinguir lo mágico de lo casual. Muchas veces he dudado ante mis sensaciones, he errado al interpretar las imágenes que me da mi visión miope del futuro. Tantas veces me engañé con señales ilusorias. Fuera como fuese, llegué a pensar que los libros serían para mí como las hojas de té para mi abuela o el comportamiento de las aves para mi madre. Esta creencia se reforzó cuando descubrí, en un manual de artes adivinatorias, una técnica de la que ignoraba su existencia: la bibliomancia o interpretación de mensajes secretos en los libros. Ellos me hablaban y hasta bromeaban conmigo: La hojarasca, de García Márquez, al poco de empezar a leer, se deshojó y, aunque parecía una buena edición, el menor descuido permitía que las tapas esparcieran su contenido en un remolino otoñal.
Concluía la primavera cuando decidí leer El último verano de Klingsor y, aunque Hermann Hesse me ha hecho en muchas ocasiones entenderme a mí y al mundo, finalmente no lo leí. Devolví el libro al estante. Al poner el dedo sobre el extremo superior del lomo y antes de poder vencerlo hacia mí y dejar su hueco en la librería, una voz en mi cabeza, mi propia voz que se independiza y me da noticias breves dijo: “Cuando leas este libro, ése será tu último verano”. Nunca mi don, tan mezquino, se expresó tan fuerte y claro.

No sé cuántos días o meses hace que, de nuevo, como en mi infancia, me desespero y maldigo mis precarias facultades. Los mismos días, quizá meses, que duermo vestido y no me afeito. Los mismos que como poco y a deshoras. Por suerte, el teléfono rara vez suena desde que grabé un mensaje advirtiendo que necesitaba estar solo, que me marchaba un tiempo… ya ni siquiera llaman del trabajo. Tampoco golpean mi puerta y no tengo que esperar agazapado a que se marchen. Rehúyo a mis amigos, porque no tolero que quieran infundirme ánimo. Me enfurezco cuando algún necio bienintencionado me habla del tiempo y sus velos. Maldigo al tiempo que cura. Yo no quiero sanar. Sanar es una traición. Sólo salgo cuando las calles están silenciosas y oscuras como yo. Compro comida para llevar y vuelvo a lo que fue nuestra casa, que ya ni siquiera es mía. No me gusta estar mucho tiempo fuera, sin embargo, hace unos días desvié mis pasos al lugar donde todo sucedió, a la misma calle, al mismo fragmento de acera. Me abrumó la normalidad que me rodeó. Yo esperaba un signo externo que diera noticia de nuestras vidas rotas en aquel lugar. Su muerte tan temprana. Mi vida herida de muerte. Daba por sentado que nadie que por allí pasara podría dejar de reparar en el dolor filtrado en el pavimento. En cambio, toda la calle respiraba una desoladora normalidad. Me estremecí al pensar en cuántos pequeños mundos se derrumban a diario sin que reparemos en ello, cuántos nacidos y muertos antes que yo arrastraron su desconsuelo y ninguna huella lo delata. La sangre derramada nunca resiste la siguiente ola. Qué ridículo ignorarlo hasta entonces.
Ha vuelto a mí la angustia de la infancia, cuando me sabía inferior, cuando inerme quería ocupar el puesto de mi hermana, la que no llegó a ser y estaba destinada a serlo todo. Pero ahora es distinto, porque no quiero dejar atrás mi carga como logré hacer en la adolescencia. No perdono la arbitrariedad de mi don que anticipó la posibilidad de mi muerte y no anunció la de ella. Si lo hubiese sabido, no habría permitido que saliera aquella mañana o, quizá, habría sido más expeditivo, quizá habría entrado, de noche y a hurtadillas, en la casa del conductor homicida y, sin interrumpir su sueño, habría cortado su cuello. Una fuente de sangre para que ella viviera. Quizá lo hubiese hecho, y sin remordimientos: todas las vidas no valen igual, aunque lo finjamos. La mayoría de las muertes nos dejan indiferentes, unas pocas, nos arrastran al abismo. No perdono a mi don, tan mediocre, y creo justo exigirle una compensación. Por ello, ahora que comienza septiembre, he descorrido las cortinas –por primera vez en mucho tiempo, quiero buena luz-, me he sentado en el sillón más cómodo, y he comenzado a leer: El último verano de Klingsor.

2º Premio
Si el sexo fuera escrito de Rafael Palomo Hevilla

Si el sexo fuera escrito, sería ininteligible. Los fonemas se perderían entre suspiros, caricias y roces, y se interpondrían entre labio y labio, mano y pecho, sexo y boca, sexo y sexo.

Y las uñas serían los acentos; y las pausas, las comas. Y cada penetración, un acertijo; cada mirada, una interrogación (a veces, retórica)
Cada paso sería un párrafo; y cada orgasmo, un punto y aparte. Los susurros al oído, los paréntesis; cada experimento, una exclamación.

Y los cuerpos serían el papel; y la pasión, la tinta con que se escribe. Cada gemido, una oración: afirmativa, enunciativa, predicativa. Y el sexo coital, una conjunción; cada postura, una conjugación del verbo hacer el amor.

Cada escena, un verso; cada palabra, un error.

¿Y cómo escribir el sexo sin palabras?
(Que no se escriba, por favor.)

VÍDEO

1º Premio
Premura de Miguel Rodríguez Rojo

2º Premio
Tú, y yo no de Rafael Álvarez López